Análisis de las "Nanas de la cebolla". Este poema, escrito por Miguel Hernández en 1939 desde la cárcel de Torrijos, es una respuesta desgarradora a una carta de su esposa. Ella le contaba que solo tenía pan y cebolla para comer mientras amamantaba a su hijo. La narración que escucharemos a continuación refleja la lucha entre la extrema pobreza y la esperanza que representa la risa de un niño.
La cebolla es escarcha, cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda. En la cuna del hambre mi niño estaba, con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre.
Una mujer morena resuelta en luna se derrama, hilo a hilo, sobre la cuna. Ríete, niño, que te traigo la luna cuando es preciso. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en tus ojos la luz del mundo. Ríete tanto que mi alma, al oírte, bata el espacio.
Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y de las prosas. Rival del sol, porvenir de mi hueso y de mi amor.
La carne aleteante, súbito el párpado. El vivir como nunca. Cegador fotógrafo. Concierto de aves con todo tu plumaje alborozado. El niño sapientísimo de la mirada, menudo por el viento, por la ventana. No te derrumbes, no sepas lo que pasa ni lo que ocurre.
Desdentado naciste. Digo: "mañana". El porvenir me anuncia que es tu mirada, de par en par para que todo venga por el portal. Vuela, niño, en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla; tú, satisfecho. No te derrumbes, no sepas lo que pasa ni lo que ocurre.