Título de la obra: El Arte de la Bordadora.
Este dibujo es un homenaje a las generaciones de mujeres que transformaron el hogar en un taller de arte y precisión. La historia del bordado doméstico comenzó con el silencio de la aguja de mano, donde cada detalle del ajuar se cosía puntada a puntada, exigiendo horas de vista cansada bajo la luz del quinqué.
A mediados del siglo diecinueve, la llegada de la máquina de coser mecánica supuso una revolución. Como muestra la imagen, la mujer y la máquina se convirtieron en un solo ser. En el dibujo, la cabeza de la figura se funde con el brazo de hierro, simbolizando cómo la mente de la bordadora debía coordinarse con el ritmo del pedal. Era el "bordado de movimiento libre": no había patrones automáticos; las manos movían el bastidor con la aguja en marcha, dibujando directamente sobre la tela con una destreza que rozaba lo imposible.
Durante más de un siglo, este fue el sonido de los hogares: el rítmico traqueteo del hierro. Estas mujeres no solo decoraban telas; sostenían una economía doméstica con su esfuerzo. No fue hasta la década de 1980 cuando la electrónica empezó a sustituir el alma de la máquina. Los sistemas computarizados permitieron que los dibujos se grabaran en memorias digitales, separando finalmente el cuerpo de la bordadora de la mecánica del bordado.
Nota sobre el dibujo: Las líneas sutiles y los cabellos que parecen hilos nos recuerdan que, aunque hoy las máquinas sean electrónicas, el origen de toda belleza textil nació de la paciencia y el genio de aquellas manos que, sentadas frente al hierro, aprendieron a hacer que el metal cantara.