Cielo de Oro y Sal. Esta imagen evoca el contraste entre la calidez del cielo y la frialdad del mar, una dualidad que recuerda a Montesa. Ella vivió con mis padres hasta el final de sus días; fue la fiel amiga de mi padre, inseparable en todo momento, excepto a la hora de la comida. En ese instante, como la fuerza de esta ola que se levanta aislada, Montesa no conocía a nadie. Pero al calmarse el apetito, volvía la lealtad absoluta, como la luz dorada que baña la superficie tras la tormenta. Es una obra que combina la fuerza del carácter con la paz de la compañía, transmitiendo la poderosa melancolía de los seres que dejan una huella imborrable.